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"Invisibles (23.133.123)" y "Los herederos"

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Comentario sobre los documentales "Invisibles (23.133.123)" de Amaranta Díaz Carnero y "Los herederos" de Eugenio Polgovsky.

por Florence Rosemberg* (18 de septiembre, 2009)

V Jornadas de Antropología Visual.

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Florence propone un análisis sobre el tema de la cultura laboral y el trabajo infantil a partir de estos dos documentales.

La cuestión es –dijo Alicia– si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. La cuestión es saber –dijo Humpty Dumpty– quién manda… y punto.

Lewis Carroll, Alicia a través del espejo

No encontrar el camino en una ciudad no significa gran cosa. Pero perderse en una ciudad como se pierde uno en un bosque requiere toda una educación.

Escribe Walter Benjamin a propósito de Berlín.

-No lo sé, Juan Preciado. Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo. Y aunque lo hubiera hecho, ¿qué habría ganado? El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra.

Juan Rulfo Pedro Paramo

Viernes ha aprendido el inglés suficiente como para comprender las órdenes de Robinson. Sabe desbrozar, labrar, sembrar, rastrillar, transplantar, escardar, segar, cosechar, trillar, moler, cerner, amasar y cocer. Ordeñar las cabras, hace requesón, recoge huevos de tortuga, los hace pasados por agua, cava canales de riego, mantiene los viveros, pone cepos a los carroñeros, calafatea la piragua, pone remiendos en los vestidos de su amo, encera sus botas y atiende al servicio de la cena del Gobernador. Luego calienta su cama y le ayuda a desvestirse antes de ir a tumbarse a su vez en una hamaca[...]

Michel Tournier Viernes o los limbos del Pacífico

 

Quiero agradecer a los organizadores de este encuentro en especial a Antonio Zirión por la invitación para comentar los dos magníficos documentales, es decir: Los Herederos y también Invisibles.

Comenzaré por el más cortito, Invisibles de Amaranta Díaz. Este documental juega con los tiempos, climas, espacios y paisajes de la ciudad de México. Se perfilan amaneceres fríos, mediodías cálidos, atardeceres que prometen noches agradables y luminosas. Este filme nos muestra la diversidad de nuestra urbe, diversidad de personas, pensamientos, ideas, lenguas y saberes. Asimismo, comienza con una mujer que dice: “Me gusta ver a la gente y el ruido de la calle. Yo cuando no vengo al centro siento que no estoy viva”. Comienza con una contradicción: por un lado, muestra el placer que ella siente en torno al centro, la gente, el movimiento urbano, la sensación del ver mucha movilidad y la mirada se fija sólo en gente, espacios, colores y olores específicos, del placer de la mirada para observar al Otro (con mayúscula), de aprender, de pensar a ese Otro; asimismo, están los invisibles, los que no vemos, los que o están al ras del piso o no vemos por la anestesia que nos invade para no sentir la pobreza, la miseria, el dolor de los demás. Surge una voz de mujer que nos resume con una palabra este otro lado de la ciudad: “esto es patético”.

Este trabajo nos muestra que la ciudad nos dice cosas, que los lentes que utilizamos para mirarla, escucharla, aprehenderla a veces no son adecuados, muestra que la mirada antropológica puede estar en jóvenes como adultos, en antropólogos como entre cineastas. La mirada antropológica es una particular sensibilidad que se adquiere con la experiencia, la lectura y la conciencia. Este documental, aún por su brevedad, nos invita a la reflexión, es ejemplo de la mirada de los jóvenes, qué están observando, observan a los invisibles, a este otro negado, re-negado y excluido. La invisibilidad está íntimamente vinculada con la indiferencia y el desprecio, posturas y sentimientos vivos en las sociedades urbanas contemporáneas.

Felicito a los realizadores de este documental.

El otro documental Los herederos de Eugenio Polgovsky, dura aproximadamente 90 minutos. No puede uno dejar de poner total atención, no puede uno distraerse porque la historia envuelve, atrapa. Este documental le encoge el corazón a quien lo mira, porque nos obliga de nuevo a ver lo que siempre hemos sabido, están ahí, realidades que se vinculan con nuestra añeja historia: la pobreza, la violencia y el sufrimiento humano.

Así como en Invisibles nos muestra brevemente la vida de los urbanícolas, Polgovsky nos relata con imágenes la vida de las familias rurales, coloca su cámara y su mirada en el trabajo infantil.

Hay cinco áreas donde se encuentra el trabajo infantil:

-Agricultura

-Conflictos armados. Niños soldados, que actualmente son alrededor de 300,000.

-Explotación sexual comercial infantil

-Trabajo doméstico

-Minas y canteras

-Trata infantil

Según las estimaciones más recientes de la OIT (2006), en el mundo hay 218 millones de niños que trabajan, 126 millones de los cuales lo hacen en actividades peligrosas. Estos trabajadores infantiles realizan tareas dañinas para su desarrollo mental, físico y emocional. Los niños trabajan porque deben sobrevivir ellos y sus familias. Este trabajo persiste incluso en lugares donde ha sido declarado ilegal y con frecuencia está rodeado por un muro de silencio, indiferencia y apatía. Casi las tres cuartas partes de los niños trabajadores son víctimas de alguna de sus peores formas, incluyendo tráfico de personas, conflictos armados, esclavitud, explotación sexual y trabajos peligrosos (OIT).

La OIT define el trabajo infantil como “...el conjunto de actividades que implican, sea la participación de los niños (y niñas) en la producción y comercialización de los bienes no destinados al autoconsumo, sea la prestación de servicios por los niños a personas naturales o jurídicas o a ‘personas físicas o morales’” (Staelens, 1993:17).

El Día mundial contra el trabajo infantil fue el 12 de junio de 2009. Este año, fue el décimo aniversario de la adopción del Convenio núm. 182 de la OIT, firmado también por México, que responde a la necesidad de erradicar las peores formas de trabajo infantil.

Se estima que hay en el mundo unos 132 millones de niñas víctimas del trabajo infantil. Muchas de ellas realizan trabajos similares a los que desempeñan los niños, pero también suelen sobrellevar dificultades adicionales y enfrentarse a diferentes peligros. Además, las niñas están también expuestas a algunas de las peores formas de trabajo infantil, habitualmente en situaciones de trabajo encubierto.

No todas las tareas realizadas por los niños deben clasificarse como trabajo infantil y que por ello tuviera que ser eliminado. Por lo general, la participación de los niños o los adolescentes en trabajos que no atentan contra su salud y su desarrollo personal ni interfieren con su escolarización se considera positiva. Entre otras actividades, cabe citar la ayuda que prestan a sus padres en el hogar, la colaboración en un negocio familiar o las tareas que realizan fuera del horario escolar. Este tipo de actividades son provechosas para el desarrollo de los pequeños y el bienestar de la familia: les proporcionan experiencia y les ayuda a prepararse para ser miembros de la sociedad en la edad adulta.

El término “trabajo infantil” suele definirse como todo trabajo que priva a los niños de su niñez, su potencial y su dignidad, que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico.

Así pues, es trabajo que:

-es peligroso y dañino para el bienestar físico, mental o emocional del niño;

-interfiere con su escolarización puesto que: les priva de la posibilidad de asistir a clases; les obliga a abandonar la escuela de forma prematura y/o les exige combinar el estudio con un trabajo pesado y que implica mucho tiempo.

Es interesante observar que más del 90 por ciento del total de niños que trabajan lo hacen en la agricultura. Desde criar ganado, recoger cosechas, manejar maquinaria, entre otros. Las edades de estos niños oscilan entre los 5 a 14 años de edad, el trabajo infantil agrícola no es exclusivo de los países en desarrollo, también en los países industrializados constituye un grave problema.

El alto nivel de pobreza y desigualdad en México sigue obligando a millones de niños y niñas en México a trabajar. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) estimaba que en 2002, unos 3.3 millones de niñas y niños entre los 6 y los 14 años trabajaban. Esto corresponde a uno de cada seis niños y niñas de este grupo de edad. En las comunidades indígenas esta estadística se duplica: 36% de los niños y niñas trabajan.

De este total, casi dos terceras partes son adolescentes entre 12 y 14 años de edad. Según INEGI, 25.5% de los niños y niñas que trabajan no estudian. El estudio “El trabajo infantil en México, 1995-2002”, de INEGI, publicado en 2004, revela que las entidades federativas del país con mayor incidencia de niñas y niños que trabajan son Chiapas, Campeche, Oaxaca, Puebla y Veracruz, en donde la tasa de trabajo infantil oscila entre el 29 y 22.4% de la población entre 6 y 14 años. En contraste, en Chihuahua, Nuevo León, Distrito Federal, Baja California y Coahuila las tasas son de entre 8.3 y 6.7%.

En México existen dos categorías de menores trabajadores: los de menos de 14 años, de quienes la Constitución y la Ley Federal del Trabajo prohíben que se utilice su trabajo, y los de edades entre 14 y 16, cuyo trabajo permite la ley bajo determinadas circunstancias como por ejemplo, haber cursado su educación obligatoria, jornada máxima de seis horas, no trabajo nocturno ni horas extras, entre otros.

El Programa Nacional de Jornaleros Agrícolas de SEDESOL estimaba en 1998 la existencia de cinco millones de jornaleros agrícolas, de los cuales 3 millones 600 mil son migrantes, siendo menores de 15 años un millón 200 mil (Juárez, I., 2000).

Es claro que no se respeta el artículo 123 de la Constitución (fracciones II, III y XI) y a su ley reglamentaria: la Ley Federal del Trabajo (artículos 22, 23, 173 a 180, 362, 372, 995). Se incumplen las especificaciones acerca de la prohibición a la contratación de menores de menos de 14 años, la legislación especial para los menores de edad de 14 a 16 años en cuanto a permiso de los padres o tutores ante la autoridades del trabajo, la jornada máxima de seis horas, con un intervalo cuando menos de una hora, prohibición del trabajo industrial nocturno o después de las 10 de la noche, prohibición de laborar horas extras o en labores insalubres, peligrosas o que afecten su moral, vacaciones pagadas de 18 días laborables, facilidades para asistir a la escuela, a cursos de capacitación, etc. Hay incumplimiento también del registro de sus trabajadores menores que por ley deben hacer los patrones y de las autoridades del trabajo en cuanto a la inspectoría y protección de éstos (Trueba Urbina et al, 1996). Es evidente que lo anterior no se cumple, que esas leyes han sido y son letra muerta.

Según la Organización Internacional del Trabajo OIT: el costo del trabajo infantil es muy alto, especialmente para la salud de los menores. Las prolongadas jornadas laborales pueden deformar los huesos, y la concentración visual puede dañar la vista. Por la desnutrición y el cansancio aumenta la vulnerabilidad a las enfermedades infecciosas y lo expone a accidentes de trabajo. El ejercicio de un trabajo demasiado regular, las largas jornadas, la intensidad y monotonía del trabajo dañan seriamente el organismo infantil; están expuestos a los mismos peligros que los adultos en cuanto a su supervivencia y conservación de su integridad física, pero por sus características anatómicas y psicológicas son más vulnerables a los riesgos; “[…]los efectos sobre su salud pueden ser mucho más catastróficos en su caso, dañando irreversiblemente su desarrollo físico y mental, con graves repercusiones consiguientes, más tarde, en su vida adulta” (OIT, 1996, p. 10)

Según López Limón, en el campo niñas y niños están expuestos a muchos riesgos: desde la inclemencia del tiempo, los accidentes por la utilización de maquinaria, las jornadas laborales exhaustivas, los ritmos de trabajo agotadores, la carga de objetos pesados, hasta el grave peligro que representa la exposición sistemática a plaguicidas y agroquímicos cuyos efectos inmediatos o crónicos pueden minar su salud y su vida. Muchas investigaciones señalan la relación directa entre exposición y leucemias infantiles y otros cánceres, además de verdaderos perjuicios a la salud reproductiva de las mujeres: abortos y malformaciones, entre otros.

Según INEGI (2004), hay una relación directa entre la escolaridad del o la jefe de familia y la incidencia de trabajo infantil: a mayor escolaridad, menor incidencia En seis de cada 10 hogares con trabajo infantil, el jefe no tiene secundaria.

En el corto plazo, si bien el trabajo infantil incrementa el ingreso familiar, en el largo plazo aumenta la desigualdad en la distribución del ingreso, haciendo más grande la brecha que separa a los pobres y a los ricos, restringiendo las oportunidades para salir de la pobreza, ya que la escasa formación de recursos humanos y la baja acumulación de capital humano, en el largo plazo inciden de manera negativa en el nivel educativo de la población, la productividad de la fuerza laboral y su competitividad” (INEGI, 2004: 21-22)

Como decíamos, existen en el mundo 218 millones de niños y niñas de entre cinco y 14 años que trabajan, de los cuales 152 millones lo hacen en actividades peligrosas y alrededor de 132 millones se dedican a la agricultura.

En una publicación reciente de la revista Proceso titulada “La infancia en México”, incluye un artículo que versa sobre el trabajo infantil en Sinaloa, especialmente de los niños jornaleros que migran para trabajar en los campos de jitomate. Lo leí unos días antes de ver Los herederos, En este reportaje, Gloria Díaz nos dice que son 200 mil jornaleros de los estados de Veracruz, Oaxaca y Puebla que llegaron a Sinaloa en el 2009. De esa cifra, 24 mil son menores de 14 años, según un informe de la delegación de la Sedesol en Sinaloa, publicado en enero de este año.

También afirma que cada kilo de tomate cherry es pagado a un peso con 40 centavos. Pero la paga de lo recolectado en la semana por una niña, oscila entre 700 y 800 kilos; se le paga a su padre, quien llega puntual los lunes a cobrar lo que cosechan sus hijas. "Está enfermo, como mi mamá", justifica la pequeña.

El pesador del jitomate dice que “es ilegal contratar a niños, por eso son los padres los que están anotados y son los que firman los recibos. Claro que los niños juntan más, la mera verdad. Cada uno llega a juntar hasta 200 kilos, mientras que 'un grande' pisca la mitad o 150 kilos. A los chavalillos les gusta esto, y pues a sus papás más recibir el dinero, así están acostumbrados ellos, los oaxaquitas (indígenas del sur del país)”.

En un estudio coordinado por la UNICEF, realizado en 2006 en 23 regiones receptoras de jornaleros agrícolas, ubicó a Sinaloa como la entidad donde más niños trabajan, 31.4% de los que llegan con sus familias.

La inoperancia de los programas de atención a niños jornaleros quedó en evidencia en el estudio coordinado por la UNICEF en 2006. Tan simple como comparar presupuesto: en 2002, la inversión de los estados receptores y el gobierno federal para la educación de migrantes era de mil 355 pesos por niño; tres años después fue de mil 251. Una pérdida de 104 pesos por niño en tres años. Pero en 2003, el gasto por alumno, devengado entre los gobiernos federal y estatales, fue de 8 mil 500 pesos, "se invierte 6.8 veces más en un niño de primaria general que en uno migrante, y éste trabaja". (Diagnóstico sobre la condición social de niñas y niños migrantes internos, hijos de jornaleros agrícolas, UNICEF, Jornaleros Agrícolas y Sedesol, 2006.)

Las historias de los niños que nos muestra Polgovsky forman parte de una etnografía escrita en imágenes, sí, nos muestra con muy pocos diálogos, una realidad que no nos es ajena, escritura que revela infancias dolorosas, infancias de violencia y de dolor…Como vimos, enfatiza la vida de los niños pero también nos muestra a los ancianos, esos viejitos con rostros tristes, con vidas excesivamente trabajadas, si observaron, difícilmente vemos adultos, las imágenes nos muestran a padres y madres que hablan y enseñan a esta nueva generación.

Desde la perspectiva de género hay una división nítida en el trabajo en el campo entre niños y niñas: los primeros, pastorean a los animales, cortan madera y la cargan desde distancias cada vez más lejanas, construyen y hacen tabicón, elaboran artesanías, cortan el rastrojo; en cambio, las niñas le dan de comer a las gallinas, lavan, cocinan, acarrean agua, siembran y trabajan en el telar.

Algo que me llamó mucho la atención es que el realizador enfocó manos y caras. Manos de niños y niñas que muestran exceso de trabajo, manos a su vez, que muestran cansancio. Recuerdo el niño que está recogiendo tomates y su carita muestra hartazgo y hasta uno podría pensar que aburrimiento. También focaliza manos y caras de ancianos, manos que huelen a trabajos de toda una vida, manos que muestran la pobreza y la miseria. Caras cansadas, tristes y derrotadas, cuerpos que ruegan por una vejez tranquila…

Este documental, es ya documento, encontramos dos tipos de trabajo:

1. El trabajo doméstico, por ejemplo, ir por la leña o la madera para los alebrijes, o las niñas que ayudan en la cocina, el acarreo de agua o en los telares y

2. El trabajo asalariado de los niños jornaleros que trabajan a destajo.

 

Asimismo, este filme nos muestra dos tipos de trabajo: el primero, es el trabajo cotidiano del mundo doméstico y de su reproducción: todas las labores que ayudan a los padres y abuelos para que éste sobreviva. Y el segundo, que denomino, trabajo de explotación, es decir, trabajo asalariado, mal pagado, a destajo, de muchas horas bajo el sol y las inclemencias del clima, de peligro, en pocas palabras, de dominación, sujeción y lucro.

La mirada occidental y urbana nos persigue en nuestras formas de pensar, ver, imaginar e interpretar lo que “debería ser una niñez feliz”: ¿acaso no pasó por sus mentes que los niños en sus respectivas familias estaban siendo explotados? ¿no les produjo enojo cuando el niño indígena se cortó un dedo y sangrando siguió trabajando? Está claro que sin el trabajo infantil las familias campesinas no sobrevivirían, y está muy claro también que esos niños son hijos de la pobreza.

En ningún momento se escuchan gritos, reclamos, quejas, ni llantos. El llanto mostrado en esos pequeños rostros, está por dentro. Hay un silencio que recorre tiempos y espacios, es el silencio de la resignación, de la desesperanza. El trabajo de los niños ya sea en la familia o fuera de ella, no se cuestiona, es parte de la vida, es parte de la herencia de sus ancestros. Este silencio ronda en la cocina, en los telares, en todos los momentos en que vemos a estos niños trabajando. Es un silencio que hiela, que solloza, que duele…

El trabajo, como decíamos, es parte de la crianza de los hijos en el campo mexicano. Y es así, pues el objeto de la transmisión cultural es enseñarles a pensar, actuar y sentir adecuadamente. Les voy a relatar un ejemplo, de lo que significa el final de la infancia en la cultura de los Palaos de Micronesia:

El pequeño Azu, de cinco años, se arrastra detrás de su madre, que camina por el sendero que conduce al pueblo, lloriqueando y pegando tirones a su falda. Quiere que lo coja y se lo dice de un modo ruidoso y exigente: “¡Detente! ¡Para! ¡Súbeme!”. Pero su madre no hace un sólo gesto de atención. Ella mantiene el paso, mientras sus brazos se balancean libremente a sus costados, y sus fornidas caderas ondulan para suavizar el vaivén y mantener la cesta de ropa húmeda que acarrea sobre su cabeza. Ha estado en el lavadero y el peso impone firmeza a su cuello, pero no es ésa la razón por la que mira impasiblemente hacia delante y finge no advertir a su hijo. A menudo, en otras ocasiones, le ha cogido sobre su espalda, aun llevando un peso incluso mayor en su cabeza. Pero hoy ha decidido no acceder a sus súplicas; para él ha llegado la hora de comenzar a crecer.

Azu no es consciente de la decisión que ha sido tomada. Comprensiblemente, supone que su madre se le está resistiendo como otras muchas veces lo hizo en el pasado, y que sus quejas pronto surtirán efecto. Persiste en sus ruegos, pero cae detrás de su madre cuando ella afirma su paso. Corre para alcanzarla y encolerizado da tirones de su mano. Ella se lo sacude sin hablarle ni mirarle. Enfureciendo, se tira decididamente en el suelo y comienza a gritar. Cuando comprueba que este gesto no produce respuesta, echa una mirada de alarma, se revuelve sobre su estómago y empieza a retorcerse, a sollozar y a pegar alaridos. Golpea el suelo con sus puños y lo patalea con las puntas de sus pies. Todo esto le produce dolor y le pone furioso, más aún cuando se percata de que su madre ni se inmuta ante sus acciones. Gateando sobre sus pies se precipita tras ella con la nariz chorreando y las lágrimas abriéndose paso a través del polvo de sus mejillas. Cuando alcanza la altura de su talón da un grito y, al no obtener respuesta, se deja caer de nuevo sobre el suelo. En este punto su frustración es completa. En un ataque de ira se arrastra sobre el lodo rojizo, escarbando en él con los dedos de los pies, y arrojándolo a su alrededor y sobre sí mismo. Con él se tizna la cara, moliéndolo entre sus puños apretados. Se contorsiona sobre su costado, describiendo un arco que va desde sus pies hasta el apoyo de uno de sus hombros.

Un hombre y una mujer se acercan. El marido va delante; lleva sobre su hombro izquierdo un hacha de mango corto. La mujer lleva una cesta de cocos descascarados sobre su cabeza. En cuanto avistan a la madre de Azu, el hombre la saluda con un “¿Has estado en el lavadero?”, que en Palaos es el equivalente del “¿cómo estás?”; esta pregunta no es inquisitiva, sino simplemente una muestra de reconocimiento. Las dos mujeres prácticamente no se miran al cruzarse. Se han reconocido mutuamente a distancia y no es necesario repetir el saludo. Más desapercibido pasa aún Azu para la pareja, tendido en el suelo a unos cuantos metros por detrás de su madre. Han de rodear su cuerpo enloquecido, pero no le dirigen ningún otro gesto de reconocimiento ni hablan una sola palabra. No hay ninguna necesidad de hacer comentarios. Su rabieta no es una aparición inusual, especialmente entre los chavales que son de su edad o un poco mayores. No hay nada que decirle, nada que mencionar acerca de su estado.

En el patio de una casa que está justo al lado de la vereda, dos niñas, una de ellas es un poco mayor que Azu. Dejan de jugar e indagan. Cautelosa y silenciosamente se aventuran en la dirección de Azu. Su madre todavía está a la vista, pero desaparece rápidamente al dar la vuelta al camino para entrar en su patio sin mirar atrás. Las niñas permanecen a cierta distancia, observando las contorsiones de Azu con ojos solemnes. Al cabo de un instante se dan la vuelta y regresan a la puerta de su casa; allí se quedan, contemplándole pero sin decir nada. Azu está solo, pero aún tarda varios minutos en darse cuenta de que éste es el modo en el que las cosas han de suceder. Gradualmente su paroxismo (excitación) se apacigua, mientras yace tendido y gimoteando sobre el camino.

Finalmente, toma impulso para plantearse sobre sus pies y emprende camino a casa. Todavía solloza y se enjuga los ojos con sus puños. Mientras camina trabajosamente hacia el patio puede oír cómo su madre le grita a su hermana, diciéndole que no se ponga por delante del niño. Otra de sus hermanas barre la tierra por debajo del suelo de la casa con una escoba de hojas de coco. Él no responde. Sube dos escalones en el umbral de la puerta y emprende camino hacia una esterilla que está en la esquina de la casa. En ella se tumba tranquilamente hasta caer dormido (Spindler, 2006:206-207).

 

La mayoría de las culturas están pautadas de tal forma que introducen discontinuidades en la experiencia; pero los puntos del ciclo vital en los que ocurren estas discontinuidades, así como su intensidad, difieren ampliamente (Spindler, 2006:209). El anterior es un vivo ejemplo de la diversidad en la transmisión cultural en esta sociedad, la pregunta que surge es: ¿los niños campesinos que trabajan dentro y fuera de sus grupos domésticos siguen siendo niños o han pasado a ser parte también de la adultez?

Los niños que trabajan son clara muestra del estado en el que se encuentra nuestra sociedad, estos niños hablan por otros muchos, son las voces de nuestra conciencia, están en ese allá, pero ese allá no está tan lejos como el poder nos quiere hacer pensar. El documental de Eugenio Polgovsky es una invitación-provocación a la reflexión tanto de hombres como de mujeres acerca de las la vida de muchas familias y de sus hijos-niños, de sus pasiones, de la violencia ejercida por los poderosos y también la de la pobreza.

Le deseo más éxitos y también deseo que estos testimonios puedan ser admirados por un mayor público.

Muchas felicidades y gracias.

 

BIBLIOGRAFÍA

Díaz, Gloria Leticia (2009), "Trabajos manuales: Los esclavos del tomate", en: Revista Proceso, septiembre, año 32, Edición especial, núm. 26, pp. 64-67.

López Limón, Mercedes Gema (s/f), Trabajo infantil en México, Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Autónoma de Baja California, www.enlacesolidario.org/.../TRABAJO%20INFANTIL%20EN%20MÉXICO.%20Gema%20López.doc -

Spindler, George D. (2006), "La transmisión de la cultura", en: Lecturas de antropología para educadores, de: Velasco Maillo, M. Honorio; García Castaño, F. Javier y Díaz de Rada, Ángel, Trotta, Madrid, pp.205-240.

 

*Maestría en Antropología Social y maestría en Terapia Familiar. Profesora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (1981-2009), docente en el ILEF (Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia).

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