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De crónica y poética: la ciudad de México de Carlos Monsiváis y Ernesto Ramírez

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Laura González Flores

Hoy estamos reunidos aquí en torno a la memoria de Carlos Monsiváis y la fotografía de Ernesto Ramírez. Y, como tema que los vincula, la ciudad de México. ¿Cómo describir esa metrópolis inmensa, una realidad compleja y heterogénea, un espacio definible pero indeterminable, que ya en los años cincuenta dejó de ser la ciudad de México para convertirse en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México?  Ambos, Monsiváis y Ramírez, han mostrado una vocación certera de apropiarse de la ciudad como tema de su trabajo. En el caso de Monsiváis, la pasión por la ciudad fue tal que Adolfo Castañón llegó a describirlo como “un hombre llamado ciudad”.(1)


En su pasión por la ciudad, el escritor y el fotógrafo siguen a los cronistas anteriores a ellos en un proceso particular: convertir la urbe en imágenes. Sean históricas, narrativas, poéticas o fotográficas, ambos encuentran en el espacio urbano motivos para describir, interpretar y conocer la ciudad mediante el recurso imaginario.  Y justamente aquí, en este punto, es donde coinciden o discrepan con otros cronistas de la ciudad.

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© Ernesto Ramírez.

 

Salvador Novo, por ejemplo, sigue a Bernardo de Balbuena y toma el famoso inicio de la Grandeza mexicana como guía para su recorrido descriptivo de la famosa México el asiento. Como Balbuena, va describiendo en  un primer capítulo, el origen y grandeza de los edificios, en un segundo,  lo que atañe a los caballos, calles, trato, cumplimiento, en un tercero, las letras virtudes, variedad de oficios,  y así sucesivamente.  Publicada en 1954, La nueva grandeza mexicana de Novo constituye una obra clave de una épica culminante, positiva, de la ciudad de México.(2) Re-editada en 1967 con una impresionante serie de fotografías de Héctor García, la Nueva grandeza reitera una perspectiva optimista y desarrollista de la ciudad y sus habitantes: en las imágenes vemos vías rápidas, rascacielos, unidades habitacionales o estacionamientos públicos convertidos en motivos gráficos tan armónicos como dinámicos.(3)


Publicada esta obra un año antes de la masacre de Tlalteloco, la Nueva grandeza podría constituir un última elegía a la ciudad real, incontenible e intratable que tocará a Monsiváis y, más tarde, a Ramírez. En ellos, la utopía humanista se ha esfumado. Y, en cambio, ha aparecido una visión atomizada y fragmentada de una ciudad post-apocalíptica. La nota roja, el cine, el caos en Monsiváis. Las azoteas, alcantarillas y cables en Ramírez. En definitiva: ambos construyen una imagen de la ciudad a partir de sus baches.

 

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© Ernesto Ramírez.

La ciudad de Monsiváis y Ramírez es la urbe del pedazo: el trozo de realidad que adquiere sentido en lo particular, singular, mínimo o ínfimo.  La mirada no se cierne en aquello que pudiera asociarse con la grandeza de la ciudad sino con lo pequeño, inferior y aparentemente intrascendente que, en cambio, se relaciona con los rituales cotidianos de la cultura popular. No es la ciudad-maqueta, sino la ciudad espejo, reflejo, basura, happening. No es el signo del bienestar, sino el de simplemente estar: como en una foto de Ramírez, los habitantes de la ciudad simplemente estamos en el borde de una azotea. Los ciudadanos somos unos elementos simples y banales susceptibles a ser transformados en algo significativo por una disposición amorosa. Así sucede con la Constelación de concreto: una huella estética legada por un creador anónimo que deja su mensaje en una botella en el mar de asfalto de la ciudad. O unos tenis enrollados en unos cables: un gesto singular que acaba por constituirse en una marca en el espacio social.

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Constelación de Concreto. © Ernesto Ramírez.

 

Y llegamos a lo social: un valor compartido por Monsiváis y Ramírez en su visión crítica de la urbe. El valor de lo común a muchos no es el discurso apologético y abstracto del discurso político, populista y desarrollista: es la ciudad basura, la que se cae a pedazos sola o por efecto de sismos, y que los ciudadanos tenemos que reconstruir. Algunos lo hacen a través de la sátira y la risa (Monsiváis diría, a través de los rituales), y otros, mediante la intervención poética. En una de sus fotos, Obra antigua, de 2005, Ernesto Ramírez muestra un edificio de arquitectura renacentista porfiriana a punto de caerse. De la grandeza del edificio no queda sino la fachada, apuntalada con una estructura metálica. Estoy a punto de caerme, parece decirnos. Pero Ramírez no dice sólo eso: lo que parece decir el edificio. En su imagen, la fragilísima construcción está literalmente encuadrada por un marco de madera que, según vemos en la sombra viñeteada de su fotografía, está sostenida por un ciudadano anónimo: la foto es, pues, un doble encuadre de un edificio fachada y simulacro.


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Obra Antigua. © Ernesto Ramírez.

 

La prosperidad urbana, parecen decirnos Monsiváis y Ramírez, no es aquella de la cultura material y burguesa subyacente al discurso desarrollista de la dictadura de partido. Es el espíritu que se eleva sobre sus restos: los fragmentos arqueológicos de algo que alguna vez se mostró fuerte e íntegro (el anuncio de Canadá sobre Insurgentes) y de los que hoy sólo queda la memoria.


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© Ernesto Ramírez.

 

De ahí el valor de la crónica: sea escrita o fotográfica, el relato sobre la ciudad reaviva su memoria. Más que un ente real, la ciudad es un espectro, un simulacro, cuyo sentido se comprende sólo en el nivel imaginario. Desde trincheras particulares —en el caso de Ramírez, las azoteas—, los cronistas imprimen un efecto revitalizador a la urbe. En sus narraciones asoman los signos dispersos del pastiche en el que se ha convertido la ciudad: un telón de fondo fragmentario y heterogéneo, tejido en base a expresiones y sentires populares.  Un espacio complejo y contradictorio que se vuelve visible y comprensible en la ubicua realidad de sus cables, baches, grafittis, pinturas, coladeras y suelos asfaltados. Y en la poética que los atrevidos cronistas como Ernesto Ramírez van construyendo día a día para nosotros.

México, agosto de 2010

 

Notas.

1. Adolfo Castañon, “Un hombre llamado ciudad”, Vuelta, n. 62, 19 de junio de 1990, pp. 19 – 22.
2. cfr. Salvador Novo, Nueva grandeza mexicana. Ensayo sobre la ciudad de México y sus alrededores, México, Hermes, 1946.
3. cfr. Salvador Novo, Nueva grandeza mexicana, fotografías de Héctor García, México, Pemex, 1967.

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